domingo, 6 de octubre de 2013

Microcuentos explicados...


Mis microcuentos explicados...

Era crédulo y mirando el fondo de su taza de té, dedujo que no tenía futuro.
(Para quienes resuelven a punta de ignorancia)

Caminaron juntos un buen trecho y al llegar a la esquina, la realidad los esperaba.
(Para quienes no terminan a tiempo situaciones infelices)

Ella abrió las piernas y le entregó su suspiro más largo.
(Para quienes no han entendido el significado del sexo)

No estaba soñando, vivía dormida.
(Para quienes viven el sueño de otros)

Nunca necesitó pedir limosna, la gente se la daba con tan solo verlo.
(Para quienes inspiran lástima)

Era un hombre miserable, el marcapasos también le servía como reloj despertador.
(Trabajar para acumular y poder invertir... en un marcapasos)

Amanecía con ojeras porque no contaba ovejas, contaba lamentos.
(Gente quejica)

Empuñó tan fuerte su verdad que todos quedaron vestidos de mentira.
(En algún momento la mentira quedará desnuda, la nuestra o la de los demás)

Y al abrir su monedero salieron volando una par de polillas.
(Dar aunque no tengamos)

El escribano nunca aprendió a escribir, la ortografía fue su peor pesadilla y todos sus edictos finalmente fueron anulados.
(La barbarie no es eterna)

Fue tan profunda la tumba que cavó, que jamás volvió a ver la luz del sol.
(Decisiones)

Lucrecia conservó su virginidad, y a pesar de su marido, prefirió los cuernos a manchar las sábanas.
(Para quienes anteponen la razón a la felicidad)

La mascota lo paseaba por todas las plazas, sin necesidad de collar, ni llevar bolsita para los desechos.
(Para quienes viven amaestrados)

Loly y sus microcuentos explicados
Octubre 2013.

jueves, 7 de marzo de 2013

Crónica corta de un viaje largo.



Su visa está vencida desde hace casi dos años, si se pasa de dos años  tendrá que tramitar todo desde cero, como si nunca hubiera venido a visitarnos. 

No atendemos preguntas por teléfono, todo lo que usted necesita saber lo encuentra en nuestra página web. Todo, dijimos  todo…hemos pensado en todo, como siempre. ¿Qué parte de todo no entendió?

Tenga en la memoria todos los datos que le vamos a preguntar, aunque usted no sepa sobre qué le vamos a preguntar. Mejor no, tenga todo anotado en un papel, nuestro sistema no es para personas lentas y desmemoriadas. Ni siquiera nuestra página web pierde tiempo.

Piense rápido, responda rápido, escriba rápido y por favor, aprenda rápido inglés. No tenemos traductores, ni necesitamos aprender su español, usted es el que  quiere venir a visitarnos, recuerde eso. Una vez que usted comience a pensar, recuerde que nuestra página se cierra en 20 minutos.

Sea sincero, nuestro detector de mentiras on line es infalible, de antemano, debemos decirle que ya estamos leyendo su IP antes de que comience a teclear. Con mayor razón sabremos si usted es una maldita terrorista, la estamos observando por la camarita.

Si usted fue capaz de presentar su trabajo de grado en la universidad, será capaz de presentar y  ordenar todos los documentos que le estamos exigiendo demostrar. Recuerde, su fe de bautizo no nos interesa, este es un país mayoritariamente episcopal y en el suyo no saben qué es eso. Todo lo demás, tráigalo…necesitamos saber si usted es zurda o derecha.

Si ya llenó la planilla on line, respondió con sinceridad y pagó lo que tenía que pagar, salve y cierre, Pida un permiso en su trabajo de 3 días (uno para viajar, el segundo para pasarlo en la embajada y el tercero para devolverse a su provincia). Si vive en Caracas, igual, los otros dos días adicionales le servirán para descansar. La esperamos dentro de 3 meses.

Bienvenido, qué rápido pasaron estos 3 meses, ¿verdad?, pero no nos hemos olvidado de usted,  deje todas sus pertenencias afuera de la embajada, incluyendo su prótesis dental. Solo sus papeles, sus anteojos y usted son bienvenidos. Recuerde, usted ya no está en su país, está en el nuestro y si le llamamos la atención debe estar preparado para entender nuestro idioma. 

¡Ey, Usted, la de la camisa azul!, ¡no puede sentarse en el cordón ni salirse de la fila!, no hable en voz alta, es más, no hable, la estamos observando. Llenando su planilla hace 3 meses entramos en sospechas de que usted es una potencial terrorista. No la sacaremos de la embajada hasta que pase los siguientes 3 filtros, aunque tenemos ganas de hacerlo…generalmente nuestra primera impresión no falla.

¿Hace calor? Cuanto lo lamentamos pero  No está permitido abanicarse, no tenemos la culpa de que su país esté ubicado tan cerca del ecuador, lo hubieran pensado mejor y se hubieran asentado más al norte o más al sur. Abanicarse nos distrae, no podemos verle bien el rostro, la estamos observando, por favor, deje de hacerlo.

Tampoco puede masticar chicle aunque lo hayamos inventado nosotros, tomar su propia agua, ni llenar planillas en la espalda del que tiene adelante, ya le dimos suficiente tiempo hace 3 meses, ¿recuerda?

Solo tenemos clemencia con las personas mayores, las embarazadas y los niños. Suficiente. Todo humano en edad de producir debe ceñirse a nuestras reglas o si no ¿cómo cree usted que hemos llegado a ser un país próspero y civilizado? Vamos, ánimo, no tenemos sillas hasta dentro de 4 horas aproximadamente. Todo dependerá de sus propios coterráneos si se ponen nerviosos en la taquilla, todo se hará más y más lento. No es nuestra culpa.

Listo, ya pasó los 3 filtros, nos sorprende que no hayamos acertado nuestra sospecha. Usted resultó no ser una terrorista, tener casa propia, un buen trabajo, un carro chino último modelo, vino muy bien vestida  y lo más sorprendente: trajo su fe de bautizo…¡y es episcopal!

¿Por qué quiere venir a visitarnos? Aquí todo está congelado, no es labor day, Hilary quiere ser presidente y estamos tratando de lidiar con Corea del Norte.

¿María García? ¿Sabe cuántas María García están registradas en nuestra base de datos anti- terrorista? Sígame, queda detenida hasta que averigüemos quién es usted.

Entonces perdí mi conexión…

Loly García
En tránsito Miami- New York
07-3-2013





miércoles, 27 de febrero de 2013

Semblanza de un amigo - Alcides Escalona.





Ese niño, el que bajaba todos los días en carrucha por la calle La Guairita  del Guarataro a repartir las arepas que vendía la vieja Amada Pastora, a ese niño desnutrido, al que podías contarle las costillas solo con mirarlo, nadie le auguraba un futuro; ese negrito de piernas cortas y cabello liso pasaría el resto de su vida inventando historias, procreando muchachos y leyendo hasta saciarse. Alcides todo lo leía, incluidos los panfletos que el MIR distribuyó anónimamente en las escuelas técnicas en los tiempos del primer gobierno de Caldera, y se enroló en eso de estudiar a pecho partido, quemar cauchos y tumbar gobiernos. Andar enmascarado lanzando botellas en la UCV, fue una esperanza que para muchos se bifurcó en el tiempo.

El último de diez hermanos agarró  cansada a Amada Pastora, su mamá, amasadora de arepas a las 3 de la mañana para vender y mantener a la familia, y aún así, con los brazos cansados de tanto amasar,  el Negrito llevó rigor, sobre todo por las piernas, pues, su vieja era tan bajita como él. La vida en El Guarataro  era dura y apenas el Negro se llenaba el estómago una vez al día con la promesa de que mañana, tal vez, “habrá dos arepas para cada uno”, los engañaba  Amada Pastora. Pero el Guarataro  era el Guarataro, y por aquel entonces solo recibía pobres pero no malandros, allí vivían los amigos a prueba de olvidos, las muchachas agraciadas que tanto dolor de cabeza le darían con el tiempo, en ese barrio comenzaban a llegar los chinos, con sus manteles de plástico y su comida especiada, los talabarteros prometían remendar maletas cansadas de viajes sempiternos, los maestros apostaban al abecedario, los obreros aún no tenían que madrugar para tomar el carrito por puesto, y las amas de casa  barrían la acera para verla pulcra. El Guarataro era, según el Negro, un barrio del cual sentirse orgulloso.

_ De papá aprendí a no decir groserías, una vaina rara viviendo en un barrio, pero papá era así, no podíamos decirlas, al menos delante de él.
 
Don Jesús,  zapatero remendón, conversador y mujeriego, las dos últimas virtudes las heredó el Negro Alcides quién, el día que tuvo que enterrar al viejo, entre lágrima y lágrima, comenzó a abrazar a un montón de caras conocidas que se le parecían mucho a sí mismo.

 _ Era un batallón  de medios hermanos, todos igualitos a mí. 

Para extrañeza del barrio, el viejo siempre andaba con  el único paltó y corbata que tenía y las manos sucias por amansar el cuero de los zapatos.

 _ Mi viejo decía que con paltó, corbata y sombrero  ¿quién iba a sospechar que él era  zapatero?

  Eso le daba prestancia y seriedad al negocio, que para señas, “quedaba justo en la acera de la casita donde vivíamos” y, con esa labia y con esa elegancia, no le era difícil enamorar a las muchachas… así tuviera las manos sucias. Un padre humilde, rígido, que daba el ejemplo prohibiendo decir groserías, fumar y beber, hasta que cayó preso por confesar  en público que era adeco. Amada Pastora lo iba a visitar a la cárcel,  llevaba la vianda, y daba la vuelta para cerciorarse de que aún preso no la traicionaba con alguna carcelera. El Negro Alcides vivió engañado creyendo la historia que su mamá le había contado:

 _ Su papá de usted no está preso mijo, él se va a quedar mucho tiempo en la cárcel porque tiene que remendarle los zapatos a todos los presos. Y el Negro  creyó aquella historia que Amada le inventó para no verlo sufrir.

 _ ¡Yo quiero ser ingeniero de petróleo! Le decía todos los días a la vieja durante el desayuno, mientras esperaba ilusionado esa segunda arepa que nunca se llegó a comer. Y es que el petróleo combinaba con su colorcito de piel. Sin embargo, no había con qué pagar nada más allá que una escuela técnica, esas que Caldera tuvo que clausurar o los muchachos le quemaban el país. Se inscribió, quién sabe si para estudiar o voltear la nación de cabeza pero se dedicó a ambas  con intensidad. Buena parte de la historia de la  primera presidencia de Caldera la escribieron  los estudiantes “alzados” y uno de ellos, el Negro Alcides, se dedicó en cuerpo y entrañas a la protesta activa y a sacarle canas a la vieja Amada.

 Militar en un partido clandestino de izquierda le costó perder la libertad, genitales quemados, la espalda sellada como un tablero de damas chinas y un odio profundo hacia un sistema que, para aquel entonces, quién lo diría, no creía democrático. Amada Pastora conmovió al santoral completo para sacarlo de la cárcel y  el Negro lloró amargamente cuando se enteró que su vieja se había arrodillado para agradecer aquel favor y desde allí, salió a planificar en silencio la venganza que, tiempo después, a metros de su verdugo y con la mirilla direccionada hacia la cabeza de su propio “Cándido Cantor” no fue capaz de ejecutar: los  hijos del verdugo  lo despedían en la puerta y ese instante de candidez salvaron la vida de ambos, la del verdugo y la del  Negro porque ese día… el rencor salió por la puerta trasera de su vida.

Para recuperarlo de aquella enajenación y aquel odio anquilosado en sus genitales quemados, Amada Pastora lo envió de cabeza a la casa de su hermano mayor, un hombre recto, trabajador y de poco hablar, como aquellos viejos de antes que todo lo arreglaban mirándolo a uno con los ojos torcidos hasta que entendías el mensaje y Alcides, inteligente hasta el  vértice,  entendió todo clarito el primer día de su llegada a Lagunillas: 

_ Aquí usted viene a portarse bien y a estudiar, sin manguareo ni vainas raras, olvídese de la política. No quiero que hable mal ni de los adecos ni de los copeyanos. 

Y estudió y mucho, pero… ¿portarse bien?  Eso era una promesa imposible de cumplir, así que a duras penas comenzó por aceptar cortarse el cabello hasta que “se le vean las orejas”, como le ordenó su tío, e inscribirse en la universidad del Zulia para ser ingeniero petrolero. Y fue en ese tiempo hermoso de nuestras vidas en que lo conocí, yo quería estudiar filosofía letras y él quería salvar al país de la soberbia de Caldera, yo tenía 15 y él 18, la vida comenzaba mansamente para ambos en un campo petrolero lleno de aparente silencio por los cuatro costados. 

_ Mire Alcides, mejor se busca también un trabajito para que colabore con la casa. Le dijo su tío y ahora mentor y ¿qué trabajo se podía conseguir en la Lagunillas de aquel entonces que no fuera carretero, obrero, o vendedor de polos? Ninguno si no tenías un título o un certificado de perforador de pozos y elevador de cabrias después de 20 años de pasarse la vida en una gabarra. Esa primera entrevista con paltó y corbata se la consiguió mi mamá de primera mano con el mismísimo Gerente de Perforación:

 _ ¿Y qué sabe hacer usted?  Le preguntó el gerente, y al Negro Alcides se le salió la segunda lágrima más amarga de su vida

 _ Nada, no sé hacer nada más que leer, respondió, y se guardó el secreto de ser un tira piedras con los genitales quemados. 

Ese día lo esperé sentada en nuestra piedra filosofal aguardando su versión de la entrevista

 _ ¿Y? ¿Ya tienes trabajo? , echó la cabeza hacia atrás para que las lágrimas no  le rodaran por las mejillas y me respondió mirando al techo:

 _ Mañana te cuento, me duelen mucho los pies. Se sacó los zapatos que su primo le había prestado, más pequeños que su número,  y regresó a su casa descalzo, pensando en quién  sabe qué.

Si  usted no le tiene miedo a  embarrarse de petróleo hasta la cintura  lo puedo ayudar”

 ­_ Eso me dijo el amigo de tu mamá, me contó al día siguiente. No fue solo embarrarse, sino ver sus manos callosas al tercer día de operaciones, y ponerse más negro con ese sol inclemente que brilla en el lago y cambiar los jeans por unas bragas que nunca se veían limpias, y comer  algo frío directo de la vianda  y no volver a tierra en varios días, y caer agotado hasta acostumbrarse al dolor de cintura y hacerse de unos nuevos hermanos de gabarra compartiendo  el mismo vaso para tomar agua. Así comenzó el Negro su ascenso en la industria, manchando  las páginas de sus libros de ingeniería con gotas de petróleo y sudor, como casi todos aquellos que hicieron de la industria petrolera venezolana un ejemplo. 

Ser mujeriego, herencia de su padre y  lejos de espantar a las aspirantes de turno, las atraía como la boca del tarro al tábano, increíblemente nunca lograba estar solo por más que se lo propusiera.

 _ ¡No soy yo, son ellas que no me dejan quieto!, era su excusa y, prodigiosamente, su colección de mujeres fue casi  perfecta,  ninguna de ellas, por supuesto,  de su color.

 _  ¡Para negro yo! Ese don descendido directamente del espíritu santo, de envolver cualquier conversación seria con historias creíblemente  truculentas, como aquella explicación científica de que él era negro porque un lunar del pie le fue creciendo por todo el cuerpo, esa gracia, tan de él, lo convertía cada noche en una cenicienta masculina y sin importar estatus, sapiencia ni profesión, con tan solo su  facundia y cuatro lochas en el bolsillo, se llevó a la cama a casi todo el alfabeto griego. Con el tiempo,  enamorar y enamorarse se convirtió en un ministerio, en una religión.

 _ Pero a mis diez muchachos los tengo a todos reconocidos y a todos los mantuve, lo que si no pude fue entenderme muy bien con tantas madres.

Un año antes de graduarse de ingeniero se fue a la Guajira, _  Solo será una semana mi viejita, y Amada Pastora supo, conociendo a su hijo menor, que esa semana sería una eternidad. Su maraco, altruista pero pobre, no dejaba de desconcertarla. Y lo esperó no solo Amada Pastora sino la industria y hasta la universidad le guardaron el cupo

 _  El Negro es bueno en lo que hace, vale la pena esperarlo, dijeron los técnicos. 

La facultad de Ingeniería de LUZ, sorprendía con una que otra actividad en el auditorio, lugar que el Negro conocía muy bien, pues fueron infinitas las  veces que se ofreció de orador para protestar por cualquier buen motivo. Un día, al salir de clase, se enteró de  una charla sobre la cultura zuliana leyendo la cartelera que  improvisaban en cada pared,  y el Negro creyó imperante  dar oídos.
Siempre le llamó la atención los guajiros que merodeaban la universidad,  la mayoría mendigando ante la indiferencia de los estudiantes. En aquella charla, los ilustrados ponentes  no hurgaron sobre la cultura guajira y al momento del derecho de palabra el Negro se plantó: 

_ ¿Por qué no se incluyó el tema de los guajiros  si  son tan zulianos como muchos de los que están aquí?,  evasivas nada convincentes por toda respuesta. Al salir de aquella charla sobre el significado de la  zulianidad “a medias”, se le acercó un señor rechonchito, cincuentón, con una ropa que parecía recién estrenada, con guayabera barata y zapatos muy pulidos, con rasgos indígenas muy marcados y lo increpó

 _ Amigo, esa pregunta que usted hizo dio la impresión de que le interesamos nosotros los guajiros ¿o es que usted  conoce algo de la Guajira?

 _  Conozco muy poco pero me pareció una descortesía que no  hablaran sobre  ustedes en la charla. Y el gordito con guayabera recién estrenada se presentó.

 _  Yo soy Ramón Paz Ipuana, escritor guajiro y cuando usted quiera lo invito a conocer nuestro pueblo. La  invitación le pareció un soneto con sabor a  desafío.

Esa noche el Negro no durmió, emponzoñado con aquella invitación inusitada llamó a varios amigos, incluida su novia  y les contó. Se emocionaron con aquella propuesta de ir a la Guajira. Alcides, Rafael, David y  Teresa, su novia socióloga,  lo acompañaron en aquella aventura. Acordaron ir por una semana, salieron un sábado bien temprano del terminal de Maracaibo vía el Mojan, hasta llegar a Paraguaipoa,  mercado,  lugar de encuentro comercial, de negocios, intercambio de alimentos y mucho alcohol. Allí los esperó Ramón Paz Ipuana, impaciente, preocupado porque no llegaban y ya era tarde y como alijunas(criollos), sin conocer el terreno podía ser peligroso. En una chirrinchera (especie de camión de pasajeros al descubierto, incómodo y pequeño) continuaron viaje hacia Yaguasirú  en la alta guajira frontera colombo venezolana, división imaginaria  para quienes todo lo reducen a un mapa, en tanto para ellos, los wayuu…  es por todo una sola tierra de rancherías  distanciadas, calor abrazante, mucho viento, arena en los ojos y mucha hambre en la mirada. 

Una enramada formada por árboles grandes de cují era todo lo que escritor guajiro tenía por casa, y con la cortesía de un wayuu, les entregó sus hamacas. Josefita, la esposa de Ramón, con su nombre criollo y hablando español, amable y servicial, les dejó entender que esas serían su posesiones más preciadas de ahora en adelante. Ramón Paz Ipuana, personaje en la Guajira, hombre respetado, el único desarmado de la región y un enamorado de su cultura, escritor, poeta, narrador de historias y costumbres de su pueblo, pero también buen conocedor de las costumbre de los alijunas y de su indiferencia. Sus cuentos son hoy en día discutidos y usados como fuentes de conocimiento de la cosmogonía guajira, hablador y gran bebedor de chirrinche, bebida a base de maíz con todos los grados de alcohol que un ábaco es capaz de calcular. Al Negro le costó mucho acostumbrarse a beber  de aquel querosene.

Ramón siempre estaba pendiente de explicarles todo:  la comida con ovejo o con chivo, el por qué del poco maíz que podían cosechar, la sequía, el  plátano cocinado de una sola manera, todo preparado a la leña, buscada y cortada todos los días. Al finalizar la semana, y luego de escuchar las historias que Ramón  narraba sobre otros pueblos cercanos, Alcides decidió quedarse un tiempo más secundado por dos de sus amigos aventureros, en tanto los otros dos decidieron regresar a la “civilización” de Maracaibo. Prometieron volver  algunos fines de semanas a traer provisiones y ayuda a los que se quedaban, juramento  cumplido a medias  pues, aquella aventura se alargó por un año y  la solidaridad alijuna no se parece a la de los wayuu.

El ambiente, aunque agradable, les obligaba a  trabajar duro cortando leña y buscando agua en un pozo distante a 5 Km. En burro o a pie, había que llenar los envases y almacenarlos en pipotes, recorriendo muchos pueblos junto a  Ramón. La gente los miraba con extrañeza pues el Negro y sus amigos usaban el cabello largo y tenían aspecto de mochileros, sin embargo, con el tiempo esa imagen fue cambiada por  el guayuco,  falda que se enrolla y parece un pantalón corto. Poco a poco la gente los fue conociendo como los “alijunas buenos” de Ramón Paz Ipuana y cuando él tenía que ir a la ciudad, le encomendaba a alguien más el cuido de los muchachos. Ramón era el único en la  zona que no usaba armas y a donde iba lo respetaban. Muchos planes cruzaban por su cabeza: recuperar la siembra, rescatar la elaboración de artesanía y hamacas y soñaba con montar una escuela para enseñar Wayuu y español. Durante ese año el poeta contó con el Negro Alcides y  sus amigos para lograrlo y ellos, a su vez, con el ímpetu de cambiar el mundo, probaban una felicidad difícil de explicar. Nunca perdieron el contacto con Maracaibo, pues mucha gente los comenzó a visitar procedentes de las universidades, sociólogos y antropólogos invitados por Teresa, entre ellos  Esteban Emilio Monsonyi  los acompañó en aquel desvío “temporal” de sus vidas.

Las noches en la enramada se llenaban con luna llena e intensas conversaciones y Ramón, siempre con su chirrinche en la mano, se inspiraba  para contar historias y  recitar pasajes sobre su gente y su tierra. El idioma pudo haber sido  en definitiva una barrera, pero al Negro no le costó mucho aprender lo básico para hacerse entender y las señas terminaron haciendo su trabajo, terminó enamorado de una guajirita que no hablaba español.  Aquella experiencia wayuu lo marcó. Un día comenzaron a oír unos tambores, Josefita llegó contenta metiendo comida en varios sacos, y explicándoles que estaban invitando a un baile y  debían  asistir. Era el  baile de  la chica maya, una rueda en la cual  la mujer persigue al hombre e intenta  tumbarlo hasta que lo logra, demostrando así su poder matriarcal. Todos los guajiros llevaban comida pues  la celebración incluía construir una ranchería con la colaboración del trabajo en comunidad para una nueva pareja que se habían casado. Con mucho trabajo  bajo el sol de Paraguaipoa,  el Negro tuvo  que tomar chirrinche para no ofenderlos y  esa noche regresaron bajo el cielo estrellado, cantando bajo el efecto de aquel fermento de maíz.

El dispensario quedaba muy lejos de la enramada de cujíes, la nueva casa del Negro, y allí conoció a la doctora que los visitaba e invitaba a recorrer en su jeep  destartalado algunas poblaciones, como Neima y  Cojoro. La Dra. trataba a sus pacientes con la ayuda del curandero, la del Negro y sus amigos de aventura y apenas si alcanzaban a ayudar   llevando agua, poniendo orden entre los pacientes, arreglando el techo del rancho que simulaba ser un dispensario  y en todo lo que la doctora dispusiera.  Neyda Fernández, doctora, guajira,  querida,  dispuesta, madrina de  casi todos los niños de la comunidad,  y sin cobrar… cargaba medicamentos en su viejo jeep junto a  animales, verduras y collares, que sus hermanos le obsequiaban como gratitud. Alcides la lloró el día que murió en un accidente al caer por un despeñadero con su viejo jeep,  iba camino a atender un guajirito herido. Era de noche y no había estrellas.

Con el  tiempo, y el apremio por ayudar,  recordaron para qué servía saber de mecánica, así que  aplicaron  sus conocimientos construyendo una rudimentaria tubería de zinc y un tanque grande para almacenar agua sin tener que ir tan lejos a buscarla. Un par de  letrinas complementaron aquella construcción, pero nunca fueron usadas más que por ellos mismos. Tomar del agua estancada les hizo entender que ellos no eran más que unos alijunas en medio de aquella desolación, la falta de costumbre con eso de vivir bajo el rigor, el abandono, los despertó un día  con una amibiasis  que la   querida doctora, a fuerza de inyecciones, remedios, rezos  y ramas, logró sanar.

Las  intenciones de acomodar el mundo se estrellaron contra aquella realidad, sin agua, sin alimentos, sin médicos, sin maestros. Propusieron que la gente tejiera sus hamacas y tapices para venderlos en el mercado de Paraguaipoa o los Filuos, pero los wayuu, reacios, les decían que fabricar sus artesanías se tardaba mucho tiempo y preferían traer mercancía de Maicao y  venderla rápido, eso sí les dejaba algo de ganancia

 _ Nadie quiere nuestras hamacas. 

Mientras padecían junto a la tribu, las promesas de los compañeros de volver con ayuda se espaciaban cada vez más y no quedó  más remedio que entrar en ese mundo del comercio  comprando    etiquetas de marca para camisas baratas que  enviaban a Maracaibo convertidas en marcas originales. Ramón bebía mucho, tal vez decepcionado porque no había quien los ayudara a construir la escuela y también tuvieron que vivir en carne propia las  inundaciones que los wayuu sufren cuando llegan las lluvias. Perdieron casi todo, incluidas las hamacas donde dormían, las posesiones que Josefita tanto les había encomendado. La alegría apenas si  llegó el día que su novia logró, bajo secuestro  de varios autobuses de la Universidad, traer ayuda: cobijas, colchones y algunos estudiantes de medicina para ayudar. Eso fue todo lo que los otros alijunas se preocuparon.

Regresar a Maracaibo después de un año de vivir como un wayuu, le costó un ovillo de lágrimas. Fue una despedida conmovedora y un regreso lleno de  incertidumbre, reincorporarse de nuevo a “la vida” agitada de una ciudad, lejos del polvo, las estrellas, el chirrinche, buscando de nuevo residencia estudiantil, retomar la carrera, queriendo volver… pero  sin perder el contacto con Ramón Paz Ipuana. Con el tiempo  le llegó la noticia de la muerte del escritor wayuu, dicen que de un ataque al corazón tras una borrachera y con él también se fue Josefita. Neima, la hija de ambos, que Alcides conoció de bebé, hoy es una defensora de la cultura goajira. Los amigos ya se habían graduado mientras Alcides aun contaba estrellas wayuu, se emborrachaba con tres gotas de chirrinche,o cortejaba a punta de señas a la guajirita y aunque no  volvió a tener más contacto con ese mundo , supo que la gente con quien convivió se convirtió en parte de su familia aunque estén enterrados “sobre la misma tierra”.  

El  ascenso fue como se hacían las cosas antes en la industria, paulatinamente, preparándose gerencial y técnicamente, estudiando de noche y trabajando de día, midiéndose con los pares en los ranking, aportando ideas, descubriendo cómo hacer la tarea más sencilla, pasar de los guantes de carnaza a los cubículos de ingenieros, del casco permanente al casco temporal de las inspecciones, a los mapas geodésicos que él sabía muy bien entender para descubrir nuevos pozos, a las reuniones de gerentes aunque siempre lo confundieran con el motorizado, a las condecoraciones por años de servicio, eso sí, sin flux ni corbata y siempre con sus eternas adidas que todo el tren ejecutivo terminó aceptando como parte de su personalidad. El Negro Alcides tenía de sobra genio pero no figura y se daba ese tupé: usar adidas en medio de una reunión de ingenieros que usaban Bally.

 _ A mí me contrataron para perforar. Esa frase era su escudo para defenderse de la moda y las pintas.

Faltaba poco para su jubilación y mirar por el retrovisor de la vida lo embebía  de indiscutible orgullo. De bajar la calle La Guairita en carrucha repartiendo las arepas de su mamá, pasó a manejar su propio carro último modelo, de hacer girar la cabria con su cuerpo frágil, pasó a decidir dónde abrir el siguiente pozo, de mirar El Guarataro desde lo alto a entender un mapa geodésico y saber exactamente cual pozo se estaba secando y cuál era el próximo a exprimir;  él sabía exactamente cuándo, cómo y dónde buscar a través de un satélite. En esta crónica se cuenta fácil porque estas letras no son capaces de describir  el tiempo,  se sentía orgulloso de cargar a cuestas tantos años de trabajo y por  sobre todas las aventuras que vivió, la de hacer feliz a Amada Pastora dejando de tirar piedras y meterse con Caldera como le había prometido en 1970,  fue su mejor promesa cumplida. 

La huelga nacional del año 2002  sacudió al país, reventó como el mismísimo Barroso y, en apariencia, el  triunfo estaba asegurado para  uno de los bandos.  Al Negro le pareció que la meritocracia si que era un asunto de dignidad para defender, porque siempre tuvo presente  que con una sola arepa en el estomago fue capaz de llegar a donde llegó y hacer lo que hizo, comenzando como un obrero más.

No tuvo tiempo de recoger nada, su oficina quedó desolada, tan solo con sus caricaturas -su pasatiempo favorito- adornando las paredes  y  su taza con café,  aun humeante, quedó en silencio sin nadie que la tomara por la cintura, como hizo cientos de veces con las mujeres que se cruzaron en su cama. En cuestión de días perdió casi 30 años de trabajo y como casi todos los que pasaron por ese drama nacional, también perdió amigos y hasta la mujer. ¿Qué se hace cuando las gotas de sudor de un trabajo ganado a pulso no valen nada?  Pues no queda más que llorar, y allí, sentado al borde de un divorcio y  un apartamento embargado, soltó su tercera lágrima amarga. 

_ ¡Negro! ¡Tú eres el hombre que andamos buscando!, ¡en Kuwait hay trabajo para ti!

 _ Gracias, pero yo me quedo aquí, no me voy, no voy a dejar de ver crecer a mis hijos por un trabajo en Kuwait. 

Arabia Saudí, Texas, Kuwait, ningún otro país lo enamoró lo suficiente e, ingenuamente, creyó que en alguna parte de Venezuela, la monopolizada, la mal amada, la ingrata…lo esperaba un pozo queriendo ser descubierto. Nunca fue así. Lo rechazaron en todas las empresas y nadie lo llamó jamás, los “nuevos” prefirieron perforar por ensayo y error hasta aprender. Boletos aéreos, queso palmita, clases de matemática, andar de nuevo a pie, vivir arrimado y firmar un acta de divorcio “porque ya no eres el mismo” formaron parte de su nueva vida: 

_ Menos mal que al menos me quedaron las Adidas y todo lo que aprendí.

Durante algún tiempo disfrutó compartir tanta sapiencia con  muchachos de bachillerato, esos que prefieren estudiar mucho cuando ya no hay más remedio, en lugar de estudiar todo el año:

 _ A mí me gusta esto de dar clases de reparación a los muchachos, me pagan mal pero me siento feliz cuando me dicen ¡pasé!, me da la oportunidad de enamorarlos de los números

Tal vez el Negro tenía razón, lo que hace falta en este país es estar enamorado de él, del conocimiento, del regalar lo que se sabe a ver si alguien hace fortuna decorosa en el futuro, a ver si alguien hace algo bueno con eso que no sea joder a los demás. Amada Pastora ya no vivía para darle fuerte por las piernas, se había ido hacía tiempo dejando a los 10 muchachos bien estudiados, como solía decir orgullosa, y al Negro Alcides lo dejó con la misma cantidad de canas que le sacó a ella cuando se hizo rebelde. A esa casa materna, la nueva, la que le compraron entre todos los hijos en Santa Eduvigis, el Negro se fue a refugiar mientras terminaba de pagar las tarjetas de crédito que, a fin de cuentas, fue el mejor recuerdo que conservaba de su ex.

Había logrado comprar una buena laptop matando uno que otro “tigrito”,  pero aún tenía que trasladarse en transporte público: 

_ Las camioneticas son mejores que mi carrucha del Guarataro. Y es que jamás bajaba la guardia en eso de conservar la fe en un cambio, en un milagro sonoro, en una mutación repentina de habitantes caraqueños por gente lúcida, de esas que se respetan entre sí. Lo golpearon tan inhumanamente que no tuvo más remedio que soltar su única posesión o morir.

 _ Se llevaron mi laptop y todos mis trabajos se fueron ahí. Echó una ojeada a su alrededor con esa mirada cansada que otorga el hastío de habitar en un desierto.

 _  Tengo que aprender un oficio, algo que hacer con las manos, que no sea pensar en números ni en pozos, que sea útil para los demás y me alcance para vivir, ¡pero no me voy carajo!

Alicia es veterinaria, vive en Margarita, en la planta baja de una casa  cuya planta alta exhibía el letrero “se alquila”,  y allá fue a parar el Negro  después de ese asalto caraqueño que lo dejó sin laptop y sin fe en el prójimo. Ella dice que en el fondo, un animal y un ser humano se diferencian en el hocico pero en todo lo demás se parecen, menos en eso  de lidiar con el dolor porque  un perro es capaz de andar “lisiado” sin quejarse mucho pero un hombre no. Aprendió acupuntura y medicina ayurvédica en uno de esos viajes a la India, esos que hacen los místicos cuando ya no creen en reglas ni recetas farmacéuticas:

 _ Hay algo milagroso en curar primero el alma, esa sí que arrastra piedras rio abajo. Y  con ese argumento, Alicia convenció a su nuevo vecino  de que este sería su camino y aprender más que un oficio, el Negro decidió aprender a curar de una manera distinta, tal vez para sanar  él mismo…sanando a otros.

Poco a poco fue aprendiendo a ubicar los nuevos pozos, ya no de petróleo, remembranza de vida muy antigua, y que, pensándolo bien, ha sido la desgracia de este país como decía el General Ravard, sino los pozos de la vida, allá, en lo profundo de cada dolor, de cada desazón, esos puntos que hilan esa telaraña del estar, del ser, de la plenitud, del ser feliz a pesar de uno mismo y que, al escarbar, con cada aguja…aflora un líquido viscoso  que no es más que angustia. Sin satélite, sin mapas, solo sobre la cartografía de un cuerpo humano que sufre, uniendo puntos y escuchando historias detrás de cada lamento margariteño, el Negro encontró, al menos por un tiempo, inspiración de sobra: 

_ ¡Y dejé oficialmente el paltó y la corbata, devolví al banco las tarjetas de crédito, eso sí, sin deudas!,  me contó tan orgulloso como cuando lo botaron por defender la meritocracia.

 Ensimismado, mirando el horizonte traslúcido de playa Manzanillo: 

 _ Y regalé toda mi ropa y  nunca más visité al barbero y como pescado con las manos y descubrí que muy en el fondo… no necesito mucho más que esto para vivir.

Me dijo la última vez que lo vi… mucho más sabio.

Loly García
06 febrero 2013.